Causa Ilarraz: abogado querellante se hartó de las amenazas

Relaciona el hecho a que hace unos días dejó un mensaje en el muro de Facebook del Papa

El abogado Milton Urrutia fue víctima de un extraño atentado ayer (miércoles), de madrugada, cuando desconocidos arrojaron dos bombas caseras en su domicilio particular de calle Independencia al 1000, con un mensaje explícito, relacionado con su accionar como querellante en la causa penal que investiga abusos hacia menores, y en la que está involucrado el sacerdote Justo José Ilarraz: “Dejate de joder con los curas. La próxima va a ser una bala”.

El hecho, según relató Urrutia, ocurrió aproximadamente a la 1.30 del miércoles, apenas una hora después de que se hubiera ido a dormir. “Escuché una explosión rara, y pensé que se trataba de un estallido en un transformador de energía, en la calle, así que no le di importancia. Pero al rato escuché a mi madre que andaba levantada, tratando de averiguar qué era. Salgo al fondo, y no había nada. Nos dirigimos al frente, y ya cuando íbamos por el pasillo, empezamos a sentir el olor a pólvora”, recordó.

Entonces, Urrutia se acercó al frente y vio desperdigados los restos de las dos bombas arrojadas a su domicilio, junto a un sobre, con una nota adentro, hecha con recorte de letras de diarios y revistas. No lo quiso abrir: no lo abrió. Llamó al 911, y aguardó a que llegara la Policía: la Policía llegó al rato. Un uniformado tomó el sobre, lo abrió, y entonces el abogado alcanzó a leer la nota que contenía el sobre. “Dejate de joder con los curas. La próxima va a ser una bala”.

Otro hecho. No es la primera vez que Urrutia soporta una agresión de ese tipo. El domingo 24 de junio de 2012 atacaron su vivienda. Entonces, la sección Paraná del Colegio de Abogados de Entre Ríos hizo público su repudio por lo que consideró como “salvaje ataque personal” al profesional.

Según denunció entonces, un grupo de desconocidos arrojó una bomba incendiaria tipo molotov, y no sólo provocó destrozos en la vivienda, sino que destruyó por completo un vehículo Volkswagen Crossfox Comfortline, cero kilómetro, que apenas tenía 364 kilómetros.

Todavía el caso Ilarraz no había ganado la luz pública, aunque el abogado ya participaba en tramitaciones que por entonces se hacían a nivel de la Iglesia, junto a las primeras víctimas que se atrevieron a hablar de los abusos ocurridos en el Seminario de Paraná entre 1985 y 1993.

En septiembre de 2010, la Iglesia supo que las víctimas no se habían olvidado de los hechos. Entonces, los párrocos que integraban el decanato número 3 enviaron una nota al arzobispo Mario Maulión pidiéndole que la causa Ilarraz fuera llevada a la Justicia, y que el cura fuera obligado a renunciar al ministerio sacerdotal.

Ilarraz fue prefecto de disciplina del Seminario Menor, factótum de la Librería San Francisco Javier del Arzobispado, y administrador del Seminario, cargos que fue acumulando desde que se ordenara, en 1984. En 1993, el arzobispo Estanislao Karlic lo autorizó a marcharse a Roma, a perfeccionarse en misionología, aunque para entonces ya los hechos de abuso habían ocurrido.

En 1995 Karlic ordenó investigarlo, y en 1996 decidió prohibirle volver a la Iglesia, y derivó la investigación que hizo aquí a la Santa Sede.

La Justicia recién tomó conocimiento de los hechos en septiembre de 2012, a partir de una investigación de oficio que inició el procurador general Jorge García. El expediente acumuló el testimonio de siete víctimas, con la participación de los querellantes Milton Urrutia, Marcelo Baridón, Álvaro Piérola, Walter Rolandelli y Marcos Rodríguez Allende.

La causa, declarada prescripta en segunda instancia, está ahora en casación en el Superior Tribunal de Justicia (STJ).

Sospechas. Urrutia había atravesado otro extraño hecho en mayo último.

El miércoles 22 de mayo, siendo las 21.30, aproximadamente, y mientras transitaba a pie por calle La Paz, Urrutia, fue abordado por personas que dijeron ser agentes de la Policía.

“Volvía del gimnasio e iba escuchando música, vi un bulto, giré mi cabeza hacia mi izquierda y un señor morocho de pelo corto que vestía jeans y campera, me apuntaba con un arma. En ese momento, sólo pensé que me iban a matar y en mis padres. Es un horror lo que viví como ciudadano”, dijo.

Urrutia indicó que ese día había salido sin su identificación de abogado. “Uno se guardó el arma detrás, los dos estaban muy sacados. Les pregunté por qué me hacían eso a mí. El morocho me dijo que recibieron un llamado del Comando que les indicaba que yo había intentado robar una moto una cuadra arriba”, relató el abogado. Y agregó: “Me llamó la atención porque a esa altura, yo me agaché para atarme los cordones cuando pasó un patrullero, pero no se registró ningún hecho de inseguridad durante todo mi trayecto”.

Ayer, el temor volvió a tomarlo por sorpresa. Los dos artefactos explosivos arrojados a su vivienda lograron atemorizarlo. “Con todo esto, ya estoy cansado, agobiado. No sé de qué lado viene esto. Hace dos días escribí en el muro de Facebook del Papa para que haga algo por las víctimas del caso Ilarraz. Seguramente alguien se sintió molesto por eso y reaccionó. Debe ser algún tipo de represalia. Pero ya está, con esto tengo decidido cerrar una etapa, no seguir más en la causa Ilarraz, y dejar todo en manos del procurador General. Me tienen harto. Hay muchos encubridores. La Iglesia tiene a un pedófilo en sus filas y no hace nada. Ilarraz no es inocente de nada; más allá de lo que diga la Justicia, cometió los abusos”, afirmó.  

Apostasía

Milton Urrutia, que fue seminarista, ahora quiere tomar distancia de la Iglesia Católica y pedirá que su nombre sea oficialmente borrado de sus registros. Eso se llama apostasía.

La palabra “apostasía” está incluida en el Código de Derecho Canónico (canon 751) como “el rechazo total de la fe cristiana” y “el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice”.

La apostasía es la renuncia a la fe cristiana recibida por medio del bautismo. Es decir, la renuncia explícita y voluntaria a las creencias y dogmas de la Iglesia que, según la creencia cristiana, son recibidas en el bautismo por medio del Espíritu Santo, aunque en ese instante no se tenga conciencia de ello, ni se posea capacidad crítica para decidir si estará o no dispuesto algún día a abrazar voluntariamente dicha fe.

No habiendo en el cuerpo jurídico que rige la vida de la Iglesia, el Código de Derecho Canónico, un procedimiento claro para esa renuncia, las personas que quieren seguir ese camino, deben hacer una presentación formal ante el obispo diocesano en la que lisa y llanamente requieren que sus datos filiatorios personales sean eliminados de los registros, básicamente de los libros de bautismo. Que además esa renuncia se haga mediante un instrumento jurídico que dé cuenta de la apostasía, y para eso se amparan en la Ley de Habeas Data, y que ese acto sea comunicado por escrito al peticionante.

Fuente: El Diario de Paraná.

Fotografía: El Diario de Paraná.

 

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