¿Quiénes son los jóvenes ni-ni?

Efectismo, amenaza y golpe bajo constituyen el aura implícita que rodea la noción de “ni-ni”, esa denominación tan extendida que alude a los jóvenes que no trabajan ni estudian. El sociólogo francés Louis Wacquant invita a prestar atención al poder constitutivo que tienen los discursos sobre las realidades. La forma en que nombramos los problemas configura y da sentido a su interpretación, así como también impone límites a sus posibles transformaciones. La referencia parece oportuna para debatir esta categoría.

Por María del Carmen Feijoó y Leandro Bottinelli

De un uso inicial algo críptico y para expertos, la expresión –que tanto encubre como limita– se ha generalizado y ahora es de uso común. En un sentido positivo, es un fanal para identificar y tematizar, de manera novedosa, un antiguo problema social. Como señalaron los politólogos Guillermo O’Donnell y Oscar Oszlak hace ya más de treinta años, el reconocimiento colectivo de un problema social es el paso que habilita la búsqueda de respuestas políticas.

     Las expresiones “ni-ni” y otras como “deserción escolar” o “crisis de la educación” son lo que se conoce como atractivos ideológicos.

En la Argentina, la discusión de los dos últimos años se ha centrado en la dimensión cuantitativa: cuántos jóvenes están incluidos en ese doble cruce. Por legítimo que resulte, ese interés dejó de lado la preocupación por el contenido del concepto y las diversas dimensiones del problema al que alude. En otros casos, el foco estuvo puesto en la comparación con las estadísticas internacionales. Así utilizado, el concepto resulta insatisfactorio tanto para pensar la cuestión juvenil como para establecer qué impactos tuvo en esa generación el ciclo de mejoras económicas y sociales de los últimos diez años.

En el reciente lanzamiento del Plan Progresar –que otorga 600 pesos a los jóvenes de 18 a 24 años desocupados o con empleos informales a cambio de que acrediten el curso de estudios– se evitó echar mano a esta etiqueta que muchas veces clausura más opciones de las que abre. Por el contrario, se hizo hincapié en una acción de “respaldo a estudiantes” evitando cargar las tintas en lo que “no hacen” los jóvenes.

 Atractivo ideológico

La denominación “ni-ni” ha resultado muy eficaz para señalar las dificultades que atraviesa una parte de la juventud para sostenerse en circuitos sociales valiosos. Sin embargo, la expresión también tiene derivaciones simbólicas respecto de temores e incertidumbres colectivas. Hay un rebote de significado del concepto “ni-ni” hacia la peligrosidad que significarían esos jóvenes para el resto de la sociedad. Se trata de un sentido que palpita cada vez que se utiliza el concepto, aunque no se lo explicite.

ni ni joven

Las expresiones “ni-ni” y otras como “deserción escolar” o “crisis de la educación” son lo que se conoce como atractivos ideológicos. Se trata de conceptos que no permiten describir o explicar cabalmente una realidad, porque no están elaborados desde el trabajo científico o la reflexión sistemática y, por lo tanto, no se referencian en un marco conceptual capaz de ordenar la complejidad de la realidad.

Son, por el contrario, etiquetas, denominaciones instantáneas muy ocurrentes, sustentadas sobre alguna evidencia empírica. Como no son capaces de explicar rigurosamente una problemática, pero son expresiones a través de las que una parte de la sociedad “se explica lo que pasa”, resulta necesario señalar sus limitaciones e intentar reconstruir el problema al que intentan aludir desde una perspectiva más completa y consistente. En el caso de los “ni-ni”, una dimensión es la escolarización, otra la inserción laboral, y otra, muy distinta a las anteriores, las preocupaciones o temores que despiertan los jóvenes en situación de pobreza.

Debajo de la etiqueta

La referencia a los jóvenes “ni-ni” trae implícita la suposición de que la pertenencia a ese universo es una decisión de carácter personal, fruto de la voluntad de los actores.  Es personal, sin duda, la decisión de dejar la escuela o no incorporarse al mercado de trabajo. Pero esta perspectiva omite que no hay decisión subjetiva que no se tome en el marco de las condiciones sociales en las que cada sujeto se inserta. El secretario de Educación mexicano y reconocido demógrafo Rodolfo Tuirán, en un trabajo sobre el caso de su país, señala que hay que tener en cuenta otras dos causas que escapan al control individual: el contexto macrosocial y la pertenencia a entornos familiares poco propicios. Si tenemos en cuenta esta perspectiva, más que de “ni-ni”, habría que hablar de jóvenes colocados en un proceso de doble privación y de doble exclusión, en el que toman decisiones limitadas por las alternativas que el contexto provee.

     La noción de “ni-ni” oscurece la relación con el mundo del trabajo y opaca la pertenencia al sistema educativo.

Por un lado, la doble exclusión compromete su presente y su futuro, y la doble privación –también al decir de Tuirán– les impone una dificultad para desarrollar un proyecto de vida, debilitando su autoestima en una fase formativa. Una visión dinámica de la racionalidad con que los jóvenes toman decisiones debe explorar también cómo funcionan las instituciones educativas y del mercado de trabajo pues existe bastante evidencia de que, sobre todo para los sectores más pobres, es la escuela la que los abandona a ellos y no a la inversa. Igualmente, sea cual sea su voluntad respecto del mundo laboral, ciertas regulaciones implícitas que existen en ese ámbito pueden dejarlos afuera por motivos poco transparentes. Por ejemplo, las empresas que discriminan a jóvenes tatuados o domiciliados en villas de emergencia. Es ese marco hostil el que produce a los “ni-ni”, y no los comportamientos de los chicos los que configuran el escenario. Cambia así la dirección de la causalidad.

También resulta necesario ahondar dentro de la categoría “ni ni” que, como toda la población en edad laboral, se divide en activos –cuando trabajan o buscan empleo (si lo buscan, pero no tienen, son desocupados) e inactivos, cuando no tienen empleo pero tampoco lo demandan. En ambos casos, pueden estar estudiando o no. La noción de “ni-ni” oscurece la relación con el mundo del trabajo y opaca la pertenencia al sistema educativo. El híbrido que se constituye es resultante de analizar de manera binaria la relación entre dos variables cuya combinación arroja seis categorías distintas: las combinaciones de “ocupado, desocupado o inactivo” con “estudia o no estudia”. Estas categorías, a su vez, deben diferenciarse por género, pues la probabilidad de caer en una de ellas está fuertemente determinada por la pertenencia a un estrato social, y también por la condición de ser varón o mujer, en una sociedad que aún mantiene una fuerte división sexual de roles.

ni ni

Por esta razón, es necesario revisar los supuestos que se les asignan a las dos categorías críticas, los desocupados que buscan trabajo y no estudian y los que son inactivos y no van a la escuela. En relación con los primeros, existe una discusión sobre si deben ser incluidos en la categoría “ni-ni”; investigadores del trabajo como Ernesto Kritz señalan que deben quedar afuera de esta caracterización porque, si bien son desocupados, son considerados activos por el hecho de buscar trabajo. Por otra parte, se da como implícito que unos y otros “no hacen nada”, y aquí es fundamental el análisis por sexo, ya que, especialmente para las mujeres, se incluye en ese “no hacer nada” la realización de buena parte del trabajo doméstico de sus hogares. Conectando aquí con una histórica reivindicación feminista, el cuadro cambiaría notablemente si la labor doméstica fuese reconocida como trabajo. En esa supuesta inacción de las mujeres, deben incluirse también sus actividades reproductivas: muchas son madres que se ocupan de la atención de sus hijos.

En la Argentina, el 15% de los niños que nacen anualmente son de madres de menos de 20 años, y el cómputo comienza en los casos prematuros a los 11 o 12 años. También hay una dimensión temporal del fenómeno en un doble sentido: es una condición transitoria en términos del ciclo de vida de cada uno de los sujetos y es una condición históricamente cambiante desde el punto de vista macrosocial, ya que las políticas sociales tienen una enorme incidencia en los datos, como por ejemplo, la expansión del sistema educativo y el incremento de la obligatoriedad escolar. Señala Tuirán que para el caso de México, los jóvenes en situación de doble exclusión eran el 59% en 1960, mientras que esa proporción alcanza en la actualidad al 25%. A su vez, su peso puede disminuir o aumentar como parte de un doble fenómeno: por más oportunidades en el mercado laboral o por mayor inclusión en la escuela. Desde el punto de vista de la educación entendida como un derecho –sobre todo para los adolescentes de 15 a 18 años–, sólo sería deseable que su disminución fuera resultante del incremento de su participación en la escuela. Es decir, se trata de un número que puede mejorar pero no necesariamente por las buenas razones.

Una visión estática del proceso social desconoce también la heterogeneidad de experiencias previas que los jóvenes tienen en la categoría, ya que muchos de ellos entran y salen del mercado laboral, a veces como consecuencia de las crisis económicas y sociales y otras como resultado de la dificultad de acceder a empleos decentes y estables, en el marco de la persistencia del trabajo informal en la región.

     En los últimos años, los “ni-ni” volvieron a la agenda mediática nacional a partir del argumento de que había más jóvenes que no estudiaban ni trabajaban que en 2003.

En una reciente encuesta de la Organización Iberoamericana de la Juventud, hay información vinculada a la percepción de los jóvenes sobre las instituciones, dimensión que debe ser tenida en cuenta para el debate de las políticas para este problema. Para la tercera parte de los entrevistados, la escuela se encuentra severamente cuestionada, tendencia que se acentúa en el Cono Sur y Brasil. Si las opiniones sobre los docentes son controversiales, hay fuerte acuerdo sobre el mal desempeño de los directores de la institución en la que estudiaron. En relación con el trabajo, los jóvenes le asignan a la escuela un lugar privilegiado como vía hacia un buen empleo, mayor aún que el de los contactos sociales. Estas opiniones sugieren que hay todavía una gran labor pendiente para producir estrategias articuladoras de los mundos de la educación y el trabajo, superando falsos debates que muchas veces paralizaron este diálogo.

La información disponible

En los últimos años, los “ni-ni” volvieron a la agenda mediática nacional a partir del argumento de que había más jóvenes que no estudiaban ni trabajaban que en 2003. Como no existe un indicador sistematizado sobre esta categoría, la diferente forma de procesar y presentar los datos puede generar resultados muy diversos y títulos periodísticos antojadizos (a veces por negligencia, otras por mala intención).

La cantidad de “ni-ni” puede variar mucho de acuerdo al recorte de edades que se realice y según si se computa o no a los desocupados. Si se quiere enfatizar el problema puede decirse que son más de un millón, tomando un grupo amplio de edades: de 12 a 29 años. Si se considera sólo a los adolescentes de 12 a 17 años, la cifra se reduce drásticamente hasta 139.000.

Si se toma la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), que se realiza trimestralmente en las 28 ciudades más pobladas, los jóvenes de 12 a 29 años suman 7,3 millones. Si se considera como “ni-ni” a aquellos que no estudian y no trabajan (incluyendo en este grupo a los desocupados), en la EPH se observa un descenso importante entre los trimestres extremos para los que se cuenta con información (tercer trimestre de 2003 y segundo de 2013). Hay en la actualidad, entonces, unos 159.000 que salieron de la categoría “ni-ni”, es decir, un 12% menos que en 2003. Pero lo más importante que se observa en la EPH entre 2003 y 2013 es la reducción de la desocupación juvenil. Los jóvenes de 12 a 29 años que estaban desocupados en el tercer trimestre de 2003 eran 904.000. En el segundo trimestre de 2013, esa cifra se había reducido a casi la mitad y la tasa de desocupación juvenil pasó del 26% al 15%.

La heterogeneidad que contiene la categoría “ni-ni” dificulta comprender la diversidad y complejidad del fenómeno. Por ejemplo, la reducción estadística señalada fue mayor entre los jóvenes de más edad: 20% en la franja entre 24 y 29 años, 7% en la de 18 y 23, y 4% en la de 12 y 17. En este análisis, además, están incluidos los desocupados, pasando por alto que en esta categoría se incluye a quien busca activamente trabajo y que en el último mes envió currículums o asistió a entrevistas laborales, por lo que la situación de desempleo no es una elección personal.

El análisis por sexo, a su vez, evidencia las mayores diferencias, ya que entre los varones el descenso llega al 20%, mientras que entre las mujeres es del 7%. Estas amplias diferencias quedan sin explicación ante la pobreza analítica del concepto “nini”, que oculta que buena parte de las mujeres jóvenes que no estudian ni trabajan se dedican al cuidado de sus hijos, fenómeno que no es impactado por las mejoras económicas de un período.}

En cuanto a la asistencia escolar, los valores evidencian también una mejora general. En el grupo de edad juvenil asociado a la asistencia obligatoria (12 a 17 años), se registra una reducción del 10%: de 194.000 a 174.000. Dentro de este grupo de población, en los aglomerados urbanos, la tasa de escolarización se encuentra ya en el 93%. En el resto de los grupos de edad, el crecimiento de escolarización ha sido muy moderado, con incrementos en las tasas de sólo un punto porcentual.

jovenes niniUna nueva etapa

La reducción de jóvenes que no estudian ni trabajan en la última década es visible, aunque moderada. Esta realidad se explica, en parte, por las limitaciones de la categoría “ni-ni”. En primer lugar, debe tenerse en cuenta que el total de jóvenes en 2003 era de 7,3 millones, mientras que los desocupados eran 900.000, es decir, 13% del total. Pero la tasa de desempleo juvenil, también en el 2003, era muy superior a esta cifra –rondaba el orden del 25%–, ya que no se estima sobre el total de jóvenes, sino sólo sobre los activos, que son menos de la mitad del total. Por eso, la importante incorporación de jóvenes al empleo que se produjo en todo el período (cerca de medio millón en las grandes ciudades) impactó visiblemente en el indicador que se utiliza para medir la desocupación, pero mucho menos en el porcentaje de jóvenes “ni-ni”, que tiene en cuenta al total de los jóvenes y no sólo a los activos.

     Los niveles de escolarización, en particular en los adolescentes, son ya altos desde hace varios años.

Por otra parte, un tercio de los jóvenes que se encontraban desocupados en 2003 no eran “ni-ni” ya que estaban estudiando. De este modo, quienes estaban en esta situación y consiguieron trabajo en el período no contribuyeron a que descendiera el porcentaje de jóvenes “ni-ni” porque no estaban incluidos en esa categoría en la medición inicial. Por ese motivo es que la mejora que se observó en la incorporación al trabajo de muchos jóvenes queda parcialmente invisibilizada cuando sólo se analiza la cantidad o el porcentaje de jóvenes “nini”. Pero además, el descenso registrado resulta insatisfactorio si se tienen en cuenta la dimensión del crecimiento económico y las mejoras de los indicadores sociales en la última década. Por otra parte, sigue siendo pobre la calidad de los empleos a los que acceden los jóvenes, un aspecto sobre el que nada dice la categoría “ni-ni”.

Los niveles de escolarización, en particular en los adolescentes, son ya altos desde hace varios años. Quedan por escolarizar aquellos que viven en contextos más complejos, desafío que debe ser abordado a través de formatos escolares y propuestas pedagógicas cada vez más específicas. La finalización de la escuela secundaria –más allá del acceso al nivel– es otro aspecto sobre el que se registraron mejoras moderadas que obligan a replantear estrategias en este sentido.

Más allá de los datos, es insatisfactorio el debate sobre los problemas y la realidad de los jóvenes en los estrechos y estigmatizadores marcos que impone la categoría “ni-ni”. La cuestión tiene una complejidad que no logra capturar el cruce superficial de dos variables importantes. Como señala la investigadora del Conicet Carina Kaplan en su trabajo Imágenes y discursos sobre los jóvenes, en todas las épocas los jóvenes necesitan al menos cuatro cosas: tener una perspectiva de futuro, referenciarse en un grupo de pertenencia, tener un ideal que dé sentido a la vida y gozar de estima social. En una etapa de la historia argentina en que los pisos de algunas discusiones económicas y sociales se han elevado, no está mal enriquecer también el debate respecto de los jóvenes.

Iniciativas como la Asignación Universal por Hijo o el plan Progresar son positivas per se, en tanto implican transferencias de ingresos a hogares de bajos recursos. Pero para que estas iniciativas transformen la realidad de los jóvenes a la que se alude con frecuencia con la etiqueta “ni-ni”, son necesarias intervenciones múltiples, que aborden el problema en función de sus nichos específicos de constitución y reproducción: recuperar la finalización de ciclos escolares; incorporar al sistema educativo a los que están afuera; diseñar capacitaciones laborales que recuperen los saberes aprendidos en diversas prácticas laborales; generar políticas efectivas de salud sexual y reproductiva. No hay una bala de plata que resuelva el problema.

Fuente: Le Monde. Marzo de 2014. Suplemento La educación en debate. Unipe